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El segundo hijo del mercader de sedas

Edició01-03-2010 |Felipe Romero

Una de las lecturas más regocijantes de los comienzos de este verano me la ha proporcionado la novela de Felipe Romero, El segundo hijo del mercader de sedas (Ánade Narrativa, Granada, 1995). A través de sus páginas he podido volver a un tiempo que fue clave para la historia de nuestro país y de nuestra cultura: me refiero aquellas décadas de finales del siglo XVI y comienzos del XVII, dorados siglos entre los cuales tiene lugar la vida de un personaje apasionante: la del monje carmelita Fray Alonso del Amor de Dios. Nos desvela éste, al desgranar los episodios de su propia biografía, la encrucijada de una España inflamada por la fe, que acabará negándose a sí misma al expulsar a los últimos musulmanes de todas sus tierras. Tiempo mágico y difícil también, en el que van extinguiéndose los optimismos renacentistas y abriéndose paso los sentimientos de pesimismo, en un Imperio que inicia su declive y al que sólo va quedándole la excusa de defender la ortodoxia del catolicismo, para encubrir sus muchas otras carencias.                                                                                                          El conflicto central que vertebra la obra trata de dar respuesta al hecho insólito de la expulsión de los moriscos a más de un siglo de la rendición de Granada. Y la respuesta que ofrece el novelista es clara y tiene que ver con el problema religioso en el que se debate el imperio. Frente a la riqueza, a la prosperidad, al progreso que supone la convivencia y entrecruce de culturas; frente a la diversidad y al mestizaje real “era preferible un reino en la miseria que un reino de herejes, como en la mayor parte de Europa”. Caso que pasará a ilustrarse desde la circunstancia específica de la ciudad de Granada que, tras la expulsión de sus auténticos artífices, quedaría condenada a una ruina de siglos y a un futuro incierto: “Sus campos quedarían abandonados, sus ganados sin pastores, las fraguas sin herreros, sin posibilidad de construir nuevas iglesias por la carencia de alarifes, las maderas se pudrirían en los cobertizos al no haber quien las tallase, las huertas de la Vega sin buenos hortelanos que sepan llevar el agua por acequias y atarjeas, y los tejedores, los tintoreros, los tundidores, expulsados de la ciudad en la que ya no habría ni lana ni seda” (Pág., 219).

 
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